El agua que cruje bajo el césped

julio 30, 2017 § Deja un comentario

Decir que un poeta es singular es casi una tautología, pero hay casos en que esa singularidad resalta desde más de un punto de vista y se hace relevante. Rubén Jacob es un poeta singular en varios sentidos. En el ámbito de la poesía chilena, su caso es satelital, inconexo, raro, y su situación en el canon es difusa y escurridiza, por lo que su inclusión en las antologías no es una tarea obvia. Juan Luis Martínez, contemporáneo suyo, también posee ese carácter desalineado de la tradición, pero lo posee en atención a ella. Jacob desatiende los ejes, y su poesía, por decirlo así, tiene un objeto interno, con el cual pareciera dialogar a puertas cerradas.

Me refiero a The Boston Evening Transcript, su primer libro, que fue publicado een 1993 por Carpe Diem y reeditado en 2oo4 por Ediciones Altazor. En Chile al menos, no hay antecedentes de un libro semejante. Ya es una excepción la circunstancia biográfica de su autor, cuya aparición en extremo tardía desestabiliza la noción de generación literaria. Rubén Jacob puede ser tan contemporáneo de Juan Luis Martínez como de los poetas que comenzaron a publicar sus libros en los años noventa, lo que además tiene su correlato en el plan de The Boston Evening Transcript, que puede leerse como un reverso asordinado de La nueva novela, en el sentido de que pone en tensión los problemas de la literatura, especialmente el concepto de autor, y a la vez congenia con preocupaciones propiamente noventeras, como la revisión del T. S. Eliot de Prufock and Other Observations, el repliegue de la escritura a su nicho reflexivo y la apropiación afectiva de los referentes literarios en la intertextualidad.

El libro asume la práctica de las «variaciones» en el sentido musical del término, algo infrecuente en los poetas chilenos. Hay, por cierto, varias manifestaciones de traducción, imitación y hasta plagio, como también variaciones sobre un tópico literario —las Variaciones sobre el tema de la rosa, de Alfonso Alcalde, por ejemplo—, pero no conozco otro libro que esté íntegramente concebido como un despliegue de posibilidades «melódicas» de un texto dado. The Boston Evening Transcript se presenta como el desarrollo del poema homónimo de T. S. Eliot, de cuya brevedad Rubén Jacob arranca veinticuatro variaciones relativamente extensas, en las que mantiene algunos cuños sintácticos reconocibles y citas textuales, todo repetido hasta el mareo, pero en lo esencial las subyuga a un flujo discursivo abarcador, ambicioso (no en vano son veinticuatro, igual que las rapsodias de la llíada y de la Odisea), que explora la posible identidad de los personajes del poema, los hasta entonces anónimos y homogéneos «lectores del Boston Evening Transcript», la prima Harriet, el lejano La Rochefoucauld y el propio Eliot-Prufock, para finalmente hacer desembocar esa exposición arquetípica de la humanidad entera en un diálogo casi fraterno, de bar, entre el autor del poema original y el de sus variaciones.

The Boston Evening Transcript es un libro de superficie transparente y fondo abigarrado. Jacob deja a la vista el esqueleto del poema, no hay secretos acerca de su composición. Si en el poema de Eliot «los lectores del Boston Evening Transcript / ondulan con el viento como un campo de maíz en sazón», en sus variaciones «los habitantes de la ciudad susurran / como el agua que cruje bajo el césped / ya cercana la madrugada / después del regadío». Son precisamente esos lectores —esos habitantes de la ciudad— los que son oscuros, opacos, como puede serlo el agua quebradiza bajo el césped, y desde la entrada se vuelven la materia de las variaciones. Los lectores son los habitantes, pero también «los editores de colecciones literarias eróticas y los guionistas de cintas pornográficas», «los compositores oyentes e intérpretes de la música», «los jugadores de fútbol», «los relojeros de Valparaíso», etcétera, produciendo un desfile de oficios y circunstancias. Son, además, lo que fueron al comienzo: lectores del Boston Evening Transcript. Son todos los que pueden ser. Son «vecinos y ausentes a la vez». En ese sentido, estas variaciones tienen un aire a los epitafios de la Antología de Spoon River y se juntan como un álbum de toda especie de seres humanos. No son grandes masas, sino mazorcas únicas, cuya homogeneidad en el campo —imagen de la soledad, la melancolía, la inutilidad de la vida y la belleza— es posterior y opera como un símbolo de la derrota de vivir en un extremo de la calle del tiempo, donde «todo está prescrito» y, pese a ello, seguimos preguntándonos si hay algo o alguien que salga del pasado a decimos que todo ha valido la pena.

La inclusión de una «coda» en la que los lectores del Boston Evening Transcript pasan a ser los lectores de Borges, reemplazando aquel «campo de maíz en sazón» por el aleph y su muestrario de todas las cosas y acontecimientos, es una apertura que matiza el diálogo final con T. S. Eliot y da un giro abrupto e inesperado desde la más completa universalidad enciclopedista de Daneri al más íntimo y frágil entorno del protagonista oculto de las variaciones, que hasta el final se ha mantenido en silencio. Como Prufock, Jacob no dice exactamente lo que quería decir sino hasta el final, donde deja la visión del mundo ancho pero no ajeno para alcanzar, por un instante, el recuerdo de una mujer con la que nunca habló y a la que nunca conoció, pero que era posible buscarla «en el fondo del tiempo». Ser «vecino y ausente a la vez» se revela así como una ley: ser un grano de la mazorca, un grano del que se puede decir absolutamente todo, un grano que vive, que tiene amigos, que se dedica a un oficio, que se vicia, que se malogra, que se masturba, que brilla, que piensa grandes ideas, que asesina en nombre del Estado, que hace poemas, que sólo gana dinero, que habita paraísos artificiales y que incluso puede dejar su nombre en la historia, pero que siempre, al caer la tarde, se acoda en una mesa a cavilar «sobre cuán bella fue la vida y cuán inútil».

La melancolía es el centro gravitacional de The Boston Evening Transcript. No en vano las portadas de sus dos ediciones están ilustradas con el cuadro de Chirico Melancolía y misterio de una calle, ese paisaie desolado en que una niña, o la silueta de una niña, juega con un aro en la parte soleada, corriendo al parecer hacia el fondo de la calle, donde una sombra de un ser misterioso espera algo. Esa atmósfera rige las variaciones de Jacob: una melancolía transparente, en la que todo parece dicho y repetido hasta el cansancio, pero que deja lugar para que la ausencia se manifieste. El cuadro de Chirico, su engañoso onirismo, conecta justamente la melancolía diurna con la desesperación que produce el sinsentido de los sueños, esa desolación en la que poemas como el de Eliot y el de Jacob pueden constatar la irreversibilidad de las pérdidas y, a la vez, jugar una última carta de misterio para conjurar el paso del tiempo.

(Revista UDP, Nº06/07, Primer semestre 2008, página 128.)

 

 

Anuncios

Presentación de «La juguetería de la naturaleza»

enero 24, 2017 § Deja un comentario

Gabinete de naturalezas

Gonzalo Maier

Texto leído en la presentación
de
La juguetería de la naturaleza,
de Leonardo Sanhueza
(18 de enero de 2017).

la-jugueteria-de-la-naturaleza_portada3dEl fin de semana recién pasado vi una película de marcianos. Se llamaba La llegada y, en particular, se trataba de OVNIS y lingüistas. Dicho de ese modo, parece una combinación extraña y medio futurista, y puede que lo sea. En todo caso, el argumento era sencillo y se reducía a una profesora que debía aprender la complicada lengua de los marcianos para averiguar por qué viajaron hasta la Tierra. La tesis de la cinta, si no entendí mal, era que los lenguajes suponen realidades, cosmovisiones, que hay cosas que sólo se pueden nombrar con exactitud usando ciertas lenguas y no otras. Nada nuevo –quizás un poco exagerado, pero nada nuevo– , al menos para quienes entienden un par de idiomas o han trajinado diccionarios llenos de esos términos caprichosos que denotan acentos o intereses difíciles de llevar con fidelidad a otras lenguas.

Voy a dar un ejemplo: el gabinete de curiosidades, tan famoso en el siglo XVIII, era el salón perdido en la casa de un científico de peluca blanca o incluso el último salón de un museo, donde se escondían objetos y seres fascinantes: ovejas con dos cabezas, el pedazo de piel de un milodón, las puntas de flechas de viejas tribus indias, el retrato hablado de un calamar gigante según el testimonio de un pescador vietnamita. Absolutamente todo cabía en esos lugares destinados a maravillar. O casi todo: a fin de cuentas, el desorden quedaba fuera, pues la idea era clasificar y ordenar, en otras palabras, comenzar a hacer ciencia para entender el mundo o incluso, ya con un poco de romanticismo, para encerrarlo dentro de un pieza. El gabinete de curiosidades, así, se transformó en el chiche de la ciencia, en su cara más lúdica e interesante porque conservaba la marginalia que aún vivía en la frontera que separaba la ciencia de la imaginación.

Pero recién decía que las traducciones revelan mundos ocultos: al menos en holandés, a ese mismo gabinete se le conoce como Naturaliënkabinet. Es decir, un gabinete de naturalezas y no de curiosidades, asunto que revela no sólo que para los hispanohablantes la naturaleza es por definición curiosa, sino que lo curioso o lo excepcional, para los pueblos germanos es la medida de la naturaleza.

Como viene siendo más o menos obvio, quería decir que tal vez convenga leer La juguetería de la naturaleza, el último libro de Leonardo Sanhueza, como un gabinete de naturalezas. De hecho, las jugueterías siempre han sido eso: pequeños simulacros del mundo en el que los juguetes se amontonan con la promesa de entretener y abrir mundos. (Aunque, en realidad, apenas digo jugueterías pienso en una sola, una que quedaba en el centro de Valparaíso, de esas que ya no existen y suponían un universo lleno de juguetes que escondían misterios. De hecho, puede que la infancia –así, en general– sea eso, el terreno por excelencia donde lo oculto y la falta de respuestas vive a sus anchas. Y a medida que se descubren esas respuestas, imagino, la misma infancia va desapareciendo, tal como con el correr de los años desaparecen tantas cosas).

En fin, es un cuento viejo, y por lo demás bastante cierto, eso de que la ciencia se parece a la infancia y que los niños y los científicos comparten una mirada curiosa frente al mundo, inquieta y activa, a ver si lo descifran. Un astrónomo o un biólogo son tipos que suelen maravillarse con detalles mundanos, tal como un niño descubre en una maleta medio comida por los ratones un puñado de libros y, con ellos, una nueva vida.

En algún sentido, varios libros de Sanhueza –pienso en La ley de Snell, en Colonos, en La edad del perro, y en éste, La juguetería de la naturaleza– vuelven sobre ese instante premoderno en que la curiosidad de pronto se transforma en ciencia, en el momento en que el mundo está a punto de reordenarse frente a la mirada de un peatón o de un muchacho. Y esa mirada, a diferencia de tantos de sus compañeros de generación, no es irónica: carece de distancia e incluso de cualquier tipo de cinismo, es una mirada que se deja sorprender con las paradojas –“la guillotina se inventó para el terror / pero al final fue a dar a las imprentas” (34), dice por ahí– o con observaciones iluminadas –“Al viento le gustaban los peinados / difíciles” (47)– o con tesis en toda regla –“Los peces tienen sentimientos / y por eso tienen espinas / pero no son sentimentales / y por eso tienen aletas” (43).

Desde hace años, y por esta misma vocación, Sanhueza me parece un escritor salido de otro tiempo, un embajador de un mundo en el que los saberes no estaban parcelados y las leyendas o los mitos podían ser ciertos. Un Chile viejo, digamos. Un mundo lejano y lleno de verdades, que tal como sucedía con los marcianos de la película, ya no se pueden nombrar con nuestra lengua tan moderna.

Mientras sus contemporáneos leían a escritores gringos, Sanhueza traducía a Catulo y editaba a Rosamel del Valle, y ese no es un dato menor, me parece, sino un síntoma, acaso el signo de una vocación inquieta y entrañablemente excéntrica que con este libro da otra vuelta. Sanhueza –y acá va mi tesis– siempre se ha comportado como un naturalista inquieto y fascinado por el sur real y el imaginario, que es el sitio con el que soñaban los naturalistas de hace tantos años. Esa curiosidad, que también está presente en esta juguetería, es la que lo lleva, apostaría, a publicar libros diversos, a intentar vencer a la literatura a punta de confusión y estrategias inesperadas. Una vocación por la curiosidad, que a ratos se confunde con la digresión y le permite perder el hilo con gracia, dejarse llevar por el canto de los pájaros y comenzar un poema hablando de cómo le gustaría que fuera su epitafio y terminar recordando esa piedra pómez que venden en la feria para limar los callos de los pies.

Hace unos días, un reconocido editor de la plaza me llamó por teléfono y me dijo que estos poemas de Sanhueza no suponían un conjunto como tantos otros, donde se reúnen los textos que ha escrito un poeta en el último tiempo, sino un libro. Quiero decir –o quería decir él–, La juguetería de la naturaleza vale como un libro íntegro en el que sus piezas son eso mismo: partes de algo mayor, elementos con sentido que funcionan por sí solos, pero también en conjunto. Llegado a este punto, eso que parece una perogrullada o el discurso de un entrenador de fútbol que teoriza sobre las partes y el todo, es casi una ética de trabajo de la que me gustaría decir dos o tres cosas, pero a riesgo de aburrir diré sólo una: la obra de Sanhueza es el resultado de un trabajo serio, valiente, acaso libertario; si me preguntan, tan entrañable como los viejos anarquistas. Sus libros tienen la factura tan reconocible de las obras de escritores que trabajan como si la literatura fuera un oficio hermoso –que lo es–, más parecido a la zapatería o a la panadería que a cualquier otra cosa.

La de recién me parecía la frase perfecta para cerrar este texto, pero a última hora recordé otra película, no sé si de ciencia ficción, pero al menos rara. En un momento de Sans Soleil, de Chris Marker, la voz en off dice que algo tendrá que ver la poesía japonesa con los terremotos, que la necesidad tan enraizada de escribir poemas tal vez viene de la inseguridad, de la tierra poco firme; y, como la idea es seductora, vale la pena exportarla. Además, cobra fuerza si se piensa en Chile y sus temblores, o mejor: en la posibilidad de que en algún país lejano y terremoteado exista un poeta geólogo, que de algún modo une ese espíritu naturalista y científico con el misterio de los suelos pocos firmes y la poesía. Si esto fuera un silogismo o un ejercicio de lógica, estaría tentado de concluir que Sanhueza siempre fue un poeta japonés, pero la conclusión creo que es otra, una que el mismo Sanhueza desarrolla con alegría en cada uno de sus libros.

 

 

Y ustedes ahí, tomando cerveza

septiembre 4, 2015 § 1 comentario

Por estos días internet se ha llenado de imágenes espantosas, principalmente de niños muertos, pequeños cuerpos mutilados, calcinados o baleados, pero también toda clase de civiles, jóvenes, viejos, sus miembros expuestos en carne viva, mujeres embarazadas de cuyo vientre unas manos invisibles extraen la criatura que estaba a punto de nacer pero que ya no nacerá, ahora taladrada a fuego por el orgulloso “one shot, two kills” de los soldados profesionales. Son fotos del horror, fotos de todos ellos, víctimas de los últimos ataques militares de Israel contra la costa de Gaza. Más de mil bombardeos en cinco días no dejan, desde luego, imágenes muy alentadoras.

Cuesta entender, sin embargo, los motivos que alguien pueda tener para replicar una y mil veces esos cuadros sangrientos, incluso mucho después de que puedan llamarse información. Ya sea a través de Facebook o Twitter, esas imágenes exceden por mucho el ámbito noticioso y se han vuelto un panfleto inmoral: cadáveres de niños exhibidos como evidencia discursiva o reafirmación de un yo ideológico, repetidos hasta la náusea como prédica entre conversos.

Para no ir muy lejos, recuerdo el bombardeo de Estados Unidos a Bagdad: todas las imágenes eran impersonales y resaltaban aquella espectacularidad bélica jamás vista, bombas como fuegos de artificio. Todo el mundo estaba conmovido por la destrucción, por el poderío militar, pero la masacre quedaba en segundo plano, como si las bombas hubieran dado en blancos intrascendentes, sin seres humanos. Ahora, en cambio, el horror se ha vuelto una especie de credencial. Ya no se publica la guerra distante, sino la muerte en sus aspectos más dramáticos. “Miren lo que pasa en Gaza”, vociferan, mostrando sus fotos de la catástrofe, como si los destinatarios del mensaje fueran unos turistas japoneses que no tienen idea de nada. “Miren lo que pasa en Gaza”, repiten, “y ustedes ahí, tomando cerveza”.

El sermoneo moral de las redes sociales es insoportable desde que éstas existen, pero con las fotos de los niños muertos de Gaza ha tocado el punto de lo nauseabundo. Las mismas personas que despotrican justamente contra el chantaje emocional de la Teletón, los mismos que hacen chistes sobre los clichés gráficos de las hambrunas en África, ahora levantan la bandera de la paz mediante la exhibición obscena de la muerte más horrible. “¡Cómo no se dan cuenta! ¡Reaccionen!”, parecen decir, cuando en realidad quisieran mostrar cuán considerados son ellos, cuán sensibles ante la injusticia y el terror.

No hace falta tomar partido por Palestina o por Israel para entender los mecanismos de la guerra. Ante la sola mención de una ocupación militar o de un bombardeo, uno debería ser capaz de entender cómo funciona la máquina de matar. No existen las glorias de ningún ejército: toda acción militar es masacre, violación, vejamen. La Guerra del Pacífico no es motivo de orgullo. Los aliados no eran fuerzas de paz. La ocupación de la Araucanía fue una orgía del mal. Vietnam, qué decir de Vietnam: nada, silencio y nada más. Silencio y respeto por los niños de Gaza: ¿es mucho pedir? La guerra no se acaba con aspavientos.

(Las Últimas Noticias, 20 de noviembre de 2012)

Un mechón de tu cabello

marzo 22, 2015 § Deja un comentario

Gracias a una extraordinaria invitación que me cayó de carambola, el miércoles me lustré bien los zapatos, me afeité con suma dedicación y salí, a paso presuroso, a reunirme con Salvatore Adamo. Tan rutilante cita se llevaría a cabo en una casa muy grande, donde vive un embajador. En el camino, previendo algún tema de conversación, traté de recordar la letra de alguna de sus canciones, pero el nerviosismo y el ruido de la micro me amordazaron con un torpe tralalá. Al llegar, temí que mi facha de cotelé obstaculizara mi ingreso, y me acomodé la chaqueta y la maraña del pelo. Cuando entré, pese a mis temores, fui bienvenido por un señor muy cortés.

En el salón había mucha gente, nadie que yo conociera, y por un instante pensé que Adamo no estaba allí, que se había arrepentido, que estaba enfermo. Aun así, seguí masticando en mi cabeza el torpe tralalá, pero la letra de la canción no quiso salir de su escondrijo. ¿Y dónde está Adamo? Allí –me dijo una mujer–, y qué bien que se conserva. El embajador leía un discurso, sonriéndole a un hombre del que yo sólo podía ver la coronilla. Me sirvieron una copa, que me desconcentró, y entonces la concurrencia estalló en aplausos. Cuando volví la vista al centro del salón, la coronilla seguía allí. El embajador decía de memoria unos versos en francés. Una bandeja de canapés, otra interrupción, nuevos aplausos. Levanté la cabeza: la coronilla había desaparecido.

Me instalé en un salón adyacente, con la viva esperanza de que Adamo, para indemnizar las conversaciones frustradas, pasara saludando a sus devotos, pero mis expectativas bajaron copa tras copa, bandeja tras bandeja, hasta romperse súbitamente cuando alguien dijo: se va Adamo.

Ahora que lo pienso, el encuentro sólo pudo haber sido como fue: jamás me hubiera atrevido a dirigirle la palabra al ídolo, no tanto por timidez como por el espanto que debe producir, valga la expresión, conversar con un fantasma. Fui a ver a Adamo, es cierto, a cruzar algunas frases con él, pero encontré tal vez algo mejor, quizás lo único que estaba buscando: en su espectral presencia en el salón del embajador pude ver esa película doméstica e inmaterial de la niñez donde las frituras matinales y las canciones tarareadas por una madre ocupada en sus quehaceres –o por la chicharra omnipresente de la radio– se mezclan en una sola melcocha de gran alegría y profunda tristeza.

La actual fiebre por ciertas canciones viejas, por aquellas que yo escuchaba de niño, es en realidad el museo de los fantasmas de una generación crecida en estado de sitio y que ahora mira ese pasado con pena y gozo a la vez: todo recuerdo es una operación dolorosa, pero gratificante, y una prueba, si se quiere, de que los días inútiles tienen un sentido en la memoria. «Un mechón de tu cabello» era la canción de letra escurridiza que yo trataba de recordar en el cóctel. Como diría el mexicano José Carlos Becerra, era «aquella canción / aquella que no pude escuchar dentro de mí, / aquella cuya ausencia reconozco en la brisa que apenas / inquieta a los almendros».

(Las Últimas Noticias, 25 de agosto de 2003)

A escopetazos con los niños

enero 9, 2014 § Deja un comentario

nino_mapuche_02

Tiempo atrás Antonio Gil escribió en este diario una columna que recetaba el exterminio total como única solución al llamado “conflicto mapuche”. Cámaras de gas, sillas eléctricas, hornos crematorios, patíbulos de las más diversas especies, en fin: toda herramienta letal conocida y por conocer serviría para ponerle punto final a esa prolongada agonía. Desde luego, en vez de ver allí una dramática ironía en defensa del pueblo atropellado y una acusación rabiosa contra la desidia chilena, mucha gente leyó el texto de Gil al pie de la letra y no tardó en elevar las más encendidas protestas contra el colega columnista y su espíritu repentinamente maligno, perverso, racista y qué sé yo cuántos otros calificativos de la peor estofa.

En realidad, ya no quedan lenguajes ni estilos para llamar la atención sobre la brumosa barbarie que ocurre en la antigua “alta frontera”, actualmente concentrada en los alrededores de Lumaco y Ercilla. Cualquier cosa que se diga al respecto suena trillada y hostigosa como una incesante gotera en el lavaplatos. Mataron a un joven por la espalda: ploc. Le dispararon a un adolescente desde un helicóptero, lo detuvieron y lo amenazaron con lanzarlo desde las alturas: ploc. Amarraron a una machi en el suelo como si fuera una vaquilla: ploc. Podrían bombardear la zona con gas mostaza o quemar muchedumbres con ácido sulfúrico, pero nosotros seguiríamos tan impasibles como si lloviera.

Todo el mundo puede entender que el conflicto de la Araucanía sea extremadamente discutible y enmarañado, tanto que el despojo más infame de unos puede ser interpretado como algo justo por otros. Cada quien puede tomar partido por el bando que mejor le siente. ¿Pero cómo entender que la semana pasada, como la cosa más normal del mundo (ploc, ploc, ploc), un contingente de unos doscientos carabineros las haya emprendido a escopetazo limpio y gases lacrimógenos y vomitivos contra una escuela de Temucuicui, la que a esa hora se encontraba llena de niños en clases y campesinos a la espera de ser inscritos en los planes de empleos temporales de la Conaf? ¿Qué clase de orden querían imponer allí, sobre qué caos, contra qué organización? Siete niños fueron heridos con perdigones y otros veinte resultaron asfixiados. Agréguense otros tantos campesinos heridos e intoxicados por los gases. ¿Qué es eso? ¿Qué clase de juego macabro?

Está bien: que suene ese lavaplatos de violencia y aquí no ha pasado nada. Y que suene bien fuerte, de aquí a la eternidad. Si han pasado ciento veinte años en esa inercia, perfectamente pueden pasar ciento veinte más. Que quemen para callado la Araucanía, que le pongan una bomba y la dejen convertida en un inmenso cráter en donde instalar después un regio acuario para tiburones. Hagan lo que se les cante con el viejo “granero de Chile”, pero a los niños déjenlos en paz. A los niños y a los viejos y a los campesinos y a las machis déjenlos en paz.

Esos perdigones han herido a niños mapuches, pero el rebote nos ha dado en la cara, arrastrándonos un poco más a una bajeza nacional absoluta e irremediable: esos disparos no son otra cosa que un lento suicidio.

(Las Últimas Noticias, 20 de octubre de 2009)

La fiesta eterna

diciembre 4, 2013 § Deja un comentario

Image

“La verdadera vida está ausente” es una de esas frases de Rimbaud que desconciertan por la claridad con que dicen algo que nunca acabamos de entender. Creo que fue Jean-Luc Godard quien trató de explicarla transformándola en “La vida está en otra parte”, pero incluso esa versión fácil es difícil. Una parte de la frase se prolonga hacia las ramificaciones de lo que no dice, irradiándose en un sinfín de sentidos. El lugar de la vida verdadera queda en suspenso, tendido en la metafísica o, en el extremo opuesto, en un vitalismo exacerbado y convencido de que la literatura es una antinomia de la realidad. ¿O dice Rimbaud que la vida, la verdadera vida, se ha ausentado de sí misma, de modo que no puede estar en este mundo ni en ningún otro, porque está ausente siempre, lejos de sí?

Pienso en eso mientras veo una foto de Sergio Larraín, una de la serie del bar Los Siete Espejos, tomada en Valparaíso hace ya muchos años, tantos que los espacios de la memoria se confunden con los de la imaginación. Es una foto que pone en tensión la frase de Rimbaud, torciéndola mediante una puesta en abismo. Una mujer borrosa, de espaldas, como un segundo espectador, mira un par de botellas y un vaso medio lleno sobre una mesa sin comensales. La mesa está apoyada contra una pared. En la pared cuelgan un cuadro y un gran espejo. La vida está ausente. Pero en el espejo hay otra mujer, sentada, rodillas juntas, mientras un hombre de pie le toma la mano, quiere sacarla a bailar. Y detrás de ella hay otro espejo, que refleja su espalda, la mesa sin comensales y el primer espejo, que a su vez refleja todo lo anterior, operación que se repite mil veces, un millón de veces, hasta que la vida se ausenta definitivamente, en el final de un túnel ciego que nadie puede ver, ni el fotógrafo, ni el espectador, ni la primera mujer, ni la segunda, ni el hombre que al parecer sólo quiere bailar.

La vida está ausente, pero no su reflejo. Con eso Larraín nos lleva a un punto de retorno, ya que los espejos son una parte de la vida verdadera, que se ha ausentado y que ha quedado cautiva en su representación. Los espejos no sólo son la realidad, también quieren atraparla y multiplicarla hasta el vértigo. Quieren enloquecerla.

Los grandes espejos eran el pequeño lujo de ese bar porteño y popular. El decorado pretendía dignificar la noche bohemia y prostibularia mediante un juego de ilusiones. El espejo es un óleo instantáneo y, gracias a él, la sordidez se esfuma, la Cenicienta se vuelve princesa. Pero toda esa delicada fantasía, la fiesta maravillosa, el paraíso artificial, no es un engaño ni un trompe-l’oeil, como tampoco un disfraz, sino la realidad misma sublimada con ternura a partir de sus detalles: la realidad descubierta, revelada en su más deslumbrante elegancia.

El genio de Sergio Larraín, como el de Raúl Ruiz en sus películas chilenas, supo producir esa revelación, el hallazgo de la realidad evidente que, sin embargo, pasa inadvertida, oculta acaso por su banalidad. El fotógrafo se adelanta a la memoria, construyendo un recuerdo anticipado. Todo lo que tienen de documental, de testimonio fotográfico, queda teñido por ese aire de ficción propio de los recuerdos, que es el mismo aire de los sueños. Imagen borgeana, el caleidoscopio del bar ha enriquecido la pobreza, la ha llevado a una explosión de asombro.

Allí siguen sonando una y otra vez el mambo de Pérez Prado y los bailables de la Orquesta Huambaly en el espacio sordo de los espejos. Allí no pasa el tiempo, aún son los años sesenta, nadie imagina que La Moneda será bombardeada. Las prostitutas y los marinos y las chicas de la noche y los oficinistas bohemios están en su festín ausente y sin fin. Son los testigos de un país muerto: fantasmas que quedaron para siempre aprisionados en el juego infinito de los espejos, donde se eternizan en su juventud, en su precioso instante de felicidad nocturna, sin saber que pronto la realidad y la historia iban a romper con violencia y horror ese hechizo, apenas se terminara esa noche vibrante y comenzara la verdadera, negra y sangrienta noche de Chile.

Grano a grano

septiembre 16, 2013 § Deja un comentario

El jueves pasado, la portada de este diario apareció más copada que lo habitual, no sólo porque el rostro reblandecido y fofo de Eduardo Ravani literalmente se reventó sobre la plana, sino principalmente porque el hombre gordo anunció en el titular una buena nueva: «No quiero oír nunca más la palabra jappening».

Si el hombre está siendo sincero y si es cierto que, en lo que va de aquí a la eternidad, la palabra «jappening» no retumbará de nuevo en nuestros oídos, ¿no es eso acaso la mejor noticia de este hirviente verano? Entre tanta calamidad que nos ofrece la prensa, aquellas palabras son un verdadero oasis refrescante, un respiro de buenos augurios sobre nuestra maltrecha administración de la risa.

Habría sido deseable, sin embargo, que Ravani hubiera hecho sus declaraciones un poco antes, digamos, hace unos veintiséis o veintisiete años, cuando uno era un enano que no llegaba al metro de estatura y que, domingo a domingo, era implacablemente irradiado por el Jappening con ja, esa auténtica forunculosis del humor, cuyos estafilococos cantaban, como gran gracia, una inmoralidad del porte de un campo de concentración: «Ríe cuando todos estén tristes», decían al ritmo del instrumento que ellos llamaban «pianito».

En mi casa, no sé por qué capricho familiar, siempre se comía lo mismo a la hora del Jappening con ja: arroz. Me parece oler el plato que viene humeando: el arroz muy bien graneado y revuelto con unas pintas de carne molida, cebolla, zanahoria y pimiento morrón. Riquísimo, pero lentísimo de comer, grano a grano acumulándose en los mofletes, como un taco de arena seca, el arroz era la compañía perfecta para tragarse ese show que, en realidad, era un monotemático –e institucionalmente pagado– sermón dominical acerca del orden social: el débil era metódica y furibundamente atormentado por el poder de un zángano gordo y gritón, los oficinistas debían persignarse –mirando al cielo– ante una invisible pero ominosa presencia gerencial, el pícaro triunfaba inexorablemente a punta de ingenio y simpatía, aunque sus triunfos nunca lo conducían a otra situación que no fuera la de siempre: la de un miserable.

A fines de los años setenta y comienzos de los ochenta, el humor del Jappening con ja –que era el único posible para gran parte del territorio– fue la cima o, mejor dicho, la sima de la prohibición nacional a través de los medios, prohibición que en este caso atacaba el talón de Aquiles de los chilenos: su humor trágico y, como Prometeo, encadenado para ofrecerle el pecho al picoteo de los buitres de las catástrofes. La risa es en sí una demostración de superioridad, pero, para aquel quinteto deleznable, la única superioridad posible era la de la fuerza bruta y la de la mediocridad intelectual, amordazando el humor cáustico y exigente, para ponerle, así, una alfombra roja a la conformidad de un país que se acostumbró a reír para callado, por la comisura de los labios, con espasmos propios de moribundo.

(Las Últimas Noticias, 17 de enero de 2005)