Y ustedes ahí, tomando cerveza

septiembre 4, 2015 § 1 comentario

Por estos días internet se ha llenado de imágenes espantosas, principalmente de niños muertos, pequeños cuerpos mutilados, calcinados o baleados, pero también toda clase de civiles, jóvenes, viejos, sus miembros expuestos en carne viva, mujeres embarazadas de cuyo vientre unas manos invisibles extraen la criatura que estaba a punto de nacer pero que ya no nacerá, ahora taladrada a fuego por el orgulloso “one shot, two kills” de los soldados profesionales. Son fotos del horror, fotos de todos ellos, víctimas de los últimos ataques militares de Israel contra la costa de Gaza. Más de mil bombardeos en cinco días no dejan, desde luego, imágenes muy alentadoras.

Cuesta entender, sin embargo, los motivos que alguien pueda tener para replicar una y mil veces esos cuadros sangrientos, incluso mucho después de que puedan llamarse información. Ya sea a través de Facebook o Twitter, esas imágenes exceden por mucho el ámbito noticioso y se han vuelto un panfleto inmoral: cadáveres de niños exhibidos como evidencia discursiva o reafirmación de un yo ideológico, repetidos hasta la náusea como prédica entre conversos.

Para no ir muy lejos, recuerdo el bombardeo de Estados Unidos a Bagdad: todas las imágenes eran impersonales y resaltaban aquella espectacularidad bélica jamás vista, bombas como fuegos de artificio. Todo el mundo estaba conmovido por la destrucción, por el poderío militar, pero la masacre quedaba en segundo plano, como si las bombas hubieran dado en blancos intrascendentes, sin seres humanos. Ahora, en cambio, el horror se ha vuelto una especie de credencial. Ya no se publica la guerra distante, sino la muerte en sus aspectos más dramáticos. “Miren lo que pasa en Gaza”, vociferan, mostrando sus fotos de la catástrofe, como si los destinatarios del mensaje fueran unos turistas japoneses que no tienen idea de nada. “Miren lo que pasa en Gaza”, repiten, “y ustedes ahí, tomando cerveza”.

El sermoneo moral de las redes sociales es insoportable desde que éstas existen, pero con las fotos de los niños muertos de Gaza ha tocado el punto de lo nauseabundo. Las mismas personas que despotrican justamente contra el chantaje emocional de la Teletón, los mismos que hacen chistes sobre los clichés gráficos de las hambrunas en África, ahora levantan la bandera de la paz mediante la exhibición obscena de la muerte más horrible. “¡Cómo no se dan cuenta! ¡Reaccionen!”, parecen decir, cuando en realidad quisieran mostrar cuán considerados son ellos, cuán sensibles ante la injusticia y el terror.

No hace falta tomar partido por Palestina o por Israel para entender los mecanismos de la guerra. Ante la sola mención de una ocupación militar o de un bombardeo, uno debería ser capaz de entender cómo funciona la máquina de matar. No existen las glorias de ningún ejército: toda acción militar es masacre, violación, vejamen. La Guerra del Pacífico no es motivo de orgullo. Los aliados no eran fuerzas de paz. La ocupación de la Araucanía fue una orgía del mal. Vietnam, qué decir de Vietnam: nada, silencio y nada más. Silencio y respeto por los niños de Gaza: ¿es mucho pedir? La guerra no se acaba con aspavientos.

(Las Últimas Noticias, 20 de noviembre de 2012)

Un mechón de tu cabello

marzo 22, 2015 § Deja un comentario

Gracias a una extraordinaria invitación que me cayó de carambola, el miércoles me lustré bien los zapatos, me afeité con suma dedicación y salí, a paso presuroso, a reunirme con Salvatore Adamo. Tan rutilante cita se llevaría a cabo en una casa muy grande, donde vive un embajador. En el camino, previendo algún tema de conversación, traté de recordar la letra de alguna de sus canciones, pero el nerviosismo y el ruido de la micro me amordazaron con un torpe tralalá. Al llegar, temí que mi facha de cotelé obstaculizara mi ingreso, y me acomodé la chaqueta y la maraña del pelo. Cuando entré, pese a mis temores, fui bienvenido por un señor muy cortés.

En el salón había mucha gente, nadie que yo conociera, y por un instante pensé que Adamo no estaba allí, que se había arrepentido, que estaba enfermo. Aun así, seguí masticando en mi cabeza el torpe tralalá, pero la letra de la canción no quiso salir de su escondrijo. ¿Y dónde está Adamo? Allí –me dijo una mujer–, y qué bien que se conserva. El embajador leía un discurso, sonriéndole a un hombre del que yo sólo podía ver la coronilla. Me sirvieron una copa, que me desconcentró, y entonces la concurrencia estalló en aplausos. Cuando volví la vista al centro del salón, la coronilla seguía allí. El embajador decía de memoria unos versos en francés. Una bandeja de canapés, otra interrupción, nuevos aplausos. Levanté la cabeza: la coronilla había desaparecido.

Me instalé en un salón adyacente, con la viva esperanza de que Adamo, para indemnizar las conversaciones frustradas, pasara saludando a sus devotos, pero mis expectativas bajaron copa tras copa, bandeja tras bandeja, hasta romperse súbitamente cuando alguien dijo: se va Adamo.

Ahora que lo pienso, el encuentro sólo pudo haber sido como fue: jamás me hubiera atrevido a dirigirle la palabra al ídolo, no tanto por timidez como por el espanto que debe producir, valga la expresión, conversar con un fantasma. Fui a ver a Adamo, es cierto, a cruzar algunas frases con él, pero encontré tal vez algo mejor, quizás lo único que estaba buscando: en su espectral presencia en el salón del embajador pude ver esa película doméstica e inmaterial de la niñez donde las frituras matinales y las canciones tarareadas por una madre ocupada en sus quehaceres –o por la chicharra omnipresente de la radio– se mezclan en una sola melcocha de gran alegría y profunda tristeza.

La actual fiebre por ciertas canciones viejas, por aquellas que yo escuchaba de niño, es en realidad el museo de los fantasmas de una generación crecida en estado de sitio y que ahora mira ese pasado con pena y gozo a la vez: todo recuerdo es una operación dolorosa, pero gratificante, y una prueba, si se quiere, de que los días inútiles tienen un sentido en la memoria. «Un mechón de tu cabello» era la canción de letra escurridiza que yo trataba de recordar en el cóctel. Como diría el mexicano José Carlos Becerra, era «aquella canción / aquella que no pude escuchar dentro de mí, / aquella cuya ausencia reconozco en la brisa que apenas / inquieta a los almendros».

(Las Últimas Noticias, 25 de agosto de 2003)

A escopetazos con los niños

enero 9, 2014 § Deja un comentario

nino_mapuche_02

Tiempo atrás Antonio Gil escribió en este diario una columna que recetaba el exterminio total como única solución al llamado “conflicto mapuche”. Cámaras de gas, sillas eléctricas, hornos crematorios, patíbulos de las más diversas especies, en fin: toda herramienta letal conocida y por conocer serviría para ponerle punto final a esa prolongada agonía. Desde luego, en vez de ver allí una dramática ironía en defensa del pueblo atropellado y una acusación rabiosa contra la desidia chilena, mucha gente leyó el texto de Gil al pie de la letra y no tardó en elevar las más encendidas protestas contra el colega columnista y su espíritu repentinamente maligno, perverso, racista y qué sé yo cuántos otros calificativos de la peor estofa.

En realidad, ya no quedan lenguajes ni estilos para llamar la atención sobre la brumosa barbarie que ocurre en la antigua “alta frontera”, actualmente concentrada en los alrededores de Lumaco y Ercilla. Cualquier cosa que se diga al respecto suena trillada y hostigosa como una incesante gotera en el lavaplatos. Mataron a un joven por la espalda: ploc. Le dispararon a un adolescente desde un helicóptero, lo detuvieron y lo amenazaron con lanzarlo desde las alturas: ploc. Amarraron a una machi en el suelo como si fuera una vaquilla: ploc. Podrían bombardear la zona con gas mostaza o quemar muchedumbres con ácido sulfúrico, pero nosotros seguiríamos tan impasibles como si lloviera.

Todo el mundo puede entender que el conflicto de la Araucanía sea extremadamente discutible y enmarañado, tanto que el despojo más infame de unos puede ser interpretado como algo justo por otros. Cada quien puede tomar partido por el bando que mejor le siente. ¿Pero cómo entender que la semana pasada, como la cosa más normal del mundo (ploc, ploc, ploc), un contingente de unos doscientos carabineros las haya emprendido a escopetazo limpio y gases lacrimógenos y vomitivos contra una escuela de Temucuicui, la que a esa hora se encontraba llena de niños en clases y campesinos a la espera de ser inscritos en los planes de empleos temporales de la Conaf? ¿Qué clase de orden querían imponer allí, sobre qué caos, contra qué organización? Siete niños fueron heridos con perdigones y otros veinte resultaron asfixiados. Agréguense otros tantos campesinos heridos e intoxicados por los gases. ¿Qué es eso? ¿Qué clase de juego macabro?

Está bien: que suene ese lavaplatos de violencia y aquí no ha pasado nada. Y que suene bien fuerte, de aquí a la eternidad. Si han pasado ciento veinte años en esa inercia, perfectamente pueden pasar ciento veinte más. Que quemen para callado la Araucanía, que le pongan una bomba y la dejen convertida en un inmenso cráter en donde instalar después un regio acuario para tiburones. Hagan lo que se les cante con el viejo “granero de Chile”, pero a los niños déjenlos en paz. A los niños y a los viejos y a los campesinos y a las machis déjenlos en paz.

Esos perdigones han herido a niños mapuches, pero el rebote nos ha dado en la cara, arrastrándonos un poco más a una bajeza nacional absoluta e irremediable: esos disparos no son otra cosa que un lento suicidio.

(Las Últimas Noticias, 20 de octubre de 2009)

La fiesta eterna

diciembre 4, 2013 § Deja un comentario

Image

“La verdadera vida está ausente” es una de esas frases de Rimbaud que desconciertan por la claridad con que dicen algo que nunca acabamos de entender. Creo que fue Jean-Luc Godard quien trató de explicarla transformándola en “La vida está en otra parte”, pero incluso esa versión fácil es difícil. Una parte de la frase se prolonga hacia las ramificaciones de lo que no dice, irradiándose en un sinfín de sentidos. El lugar de la vida verdadera queda en suspenso, tendido en la metafísica o, en el extremo opuesto, en un vitalismo exacerbado y convencido de que la literatura es una antinomia de la realidad. ¿O dice Rimbaud que la vida, la verdadera vida, se ha ausentado de sí misma, de modo que no puede estar en este mundo ni en ningún otro, porque está ausente siempre, lejos de sí?

Pienso en eso mientras veo una foto de Sergio Larraín, una de la serie del bar Los Siete Espejos, tomada en Valparaíso hace ya muchos años, tantos que los espacios de la memoria se confunden con los de la imaginación. Es una foto que pone en tensión la frase de Rimbaud, torciéndola mediante una puesta en abismo. Una mujer borrosa, de espaldas, como un segundo espectador, mira un par de botellas y un vaso medio lleno sobre una mesa sin comensales. La mesa está apoyada contra una pared. En la pared cuelgan un cuadro y un gran espejo. La vida está ausente. Pero en el espejo hay otra mujer, sentada, rodillas juntas, mientras un hombre de pie le toma la mano, quiere sacarla a bailar. Y detrás de ella hay otro espejo, que refleja su espalda, la mesa sin comensales y el primer espejo, que a su vez refleja todo lo anterior, operación que se repite mil veces, un millón de veces, hasta que la vida se ausenta definitivamente, en el final de un túnel ciego que nadie puede ver, ni el fotógrafo, ni el espectador, ni la primera mujer, ni la segunda, ni el hombre que al parecer sólo quiere bailar.

La vida está ausente, pero no su reflejo. Con eso Larraín nos lleva a un punto de retorno, ya que los espejos son una parte de la vida verdadera, que se ha ausentado y que ha quedado cautiva en su representación. Los espejos no sólo son la realidad, también quieren atraparla y multiplicarla hasta el vértigo. Quieren enloquecerla.

Los grandes espejos eran el pequeño lujo de ese bar porteño y popular. El decorado pretendía dignificar la noche bohemia y prostibularia mediante un juego de ilusiones. El espejo es un óleo instantáneo y, gracias a él, la sordidez se esfuma, la Cenicienta se vuelve princesa. Pero toda esa delicada fantasía, la fiesta maravillosa, el paraíso artificial, no es un engaño ni un trompe-l’oeil, como tampoco un disfraz, sino la realidad misma sublimada con ternura a partir de sus detalles: la realidad descubierta, revelada en su más deslumbrante elegancia.

El genio de Sergio Larraín, como el de Raúl Ruiz en sus películas chilenas, supo producir esa revelación, el hallazgo de la realidad evidente que, sin embargo, pasa inadvertida, oculta acaso por su banalidad. El fotógrafo se adelanta a la memoria, construyendo un recuerdo anticipado. Todo lo que tienen de documental, de testimonio fotográfico, queda teñido por ese aire de ficción propio de los recuerdos, que es el mismo aire de los sueños. Imagen borgeana, el caleidoscopio del bar ha enriquecido la pobreza, la ha llevado a una explosión de asombro.

Allí siguen sonando una y otra vez el mambo de Pérez Prado y los bailables de la Orquesta Huambaly en el espacio sordo de los espejos. Allí no pasa el tiempo, aún son los años sesenta, nadie imagina que La Moneda será bombardeada. Las prostitutas y los marinos y las chicas de la noche y los oficinistas bohemios están en su festín ausente y sin fin. Son los testigos de un país muerto: fantasmas que quedaron para siempre aprisionados en el juego infinito de los espejos, donde se eternizan en su juventud, en su precioso instante de felicidad nocturna, sin saber que pronto la realidad y la historia iban a romper con violencia y horror ese hechizo, apenas se terminara esa noche vibrante y comenzara la verdadera, negra y sangrienta noche de Chile.

Grano a grano

septiembre 16, 2013 § Deja un comentario

El jueves pasado, la portada de este diario apareció más copada que lo habitual, no sólo porque el rostro reblandecido y fofo de Eduardo Ravani literalmente se reventó sobre la plana, sino principalmente porque el hombre gordo anunció en el titular una buena nueva: «No quiero oír nunca más la palabra jappening».

Si el hombre está siendo sincero y si es cierto que, en lo que va de aquí a la eternidad, la palabra «jappening» no retumbará de nuevo en nuestros oídos, ¿no es eso acaso la mejor noticia de este hirviente verano? Entre tanta calamidad que nos ofrece la prensa, aquellas palabras son un verdadero oasis refrescante, un respiro de buenos augurios sobre nuestra maltrecha administración de la risa.

Habría sido deseable, sin embargo, que Ravani hubiera hecho sus declaraciones un poco antes, digamos, hace unos veintiséis o veintisiete años, cuando uno era un enano que no llegaba al metro de estatura y que, domingo a domingo, era implacablemente irradiado por el Jappening con ja, esa auténtica forunculosis del humor, cuyos estafilococos cantaban, como gran gracia, una inmoralidad del porte de un campo de concentración: «Ríe cuando todos estén tristes», decían al ritmo del instrumento que ellos llamaban «pianito».

En mi casa, no sé por qué capricho familiar, siempre se comía lo mismo a la hora del Jappening con ja: arroz. Me parece oler el plato que viene humeando: el arroz muy bien graneado y revuelto con unas pintas de carne molida, cebolla, zanahoria y pimiento morrón. Riquísimo, pero lentísimo de comer, grano a grano acumulándose en los mofletes, como un taco de arena seca, el arroz era la compañía perfecta para tragarse ese show que, en realidad, era un monotemático –e institucionalmente pagado– sermón dominical acerca del orden social: el débil era metódica y furibundamente atormentado por el poder de un zángano gordo y gritón, los oficinistas debían persignarse –mirando al cielo– ante una invisible pero ominosa presencia gerencial, el pícaro triunfaba inexorablemente a punta de ingenio y simpatía, aunque sus triunfos nunca lo conducían a otra situación que no fuera la de siempre: la de un miserable.

A fines de los años setenta y comienzos de los ochenta, el humor del Jappening con ja –que era el único posible para gran parte del territorio– fue la cima o, mejor dicho, la sima de la prohibición nacional a través de los medios, prohibición que en este caso atacaba el talón de Aquiles de los chilenos: su humor trágico y, como Prometeo, encadenado para ofrecerle el pecho al picoteo de los buitres de las catástrofes. La risa es en sí una demostración de superioridad, pero, para aquel quinteto deleznable, la única superioridad posible era la de la fuerza bruta y la de la mediocridad intelectual, amordazando el humor cáustico y exigente, para ponerle, así, una alfombra roja a la conformidad de un país que se acostumbró a reír para callado, por la comisura de los labios, con espasmos propios de moribundo.

(Las Últimas Noticias, 17 de enero de 2005)

El mago infame

marzo 1, 2013 § Deja un comentario

La fiesta institucional de fin de año, esa especie de celebración en que las grandes empresas congregan a toda su comunidad laboral para darle a conocer la buena nueva acerca del éxito corporativo y condecorar con la medalla al mérito funcionario a una fila de valientes que enteran una, dos, tres y hasta cuatro décadas apulmonándose al servicio de la institución, ceremonia tras la cual comienza una cálida, fraterna y, muy probablemente, frugal comida que de seguro culminará en un festival de licores de grueso calibre y en un bailongo con orquesta, luces, challas, cornetas, maracas, matracas y todo tipo de manifestaciones de la alegría sindical, es un acontecimiento que nadie, ni el más escéptico de los asalariados, puede mirar siquiera con un asomo de desdén.
Si hay alguna ocasión en que se cuecen todas las habas de una empresa, ésa es precisamente la fiesta institucional de fin de año. En Chile, a falta de carnavales, es en esa fiesta donde se realiza la mascarada social del mundo al revés: se invierte –o al menos se desbarata– el orden jerárquico y, durante unas horas, se pasa la plana entre la amable secretaria y el hosco gerente, entre el junior feo y la rubia ejecutiva comercial, cambalache que sin embargo se lleva a cabo con plena conciencia de su irremisible carácter de farsa, pues todo lo visto y oído en las carnestolendas desaparece al día siguiente, en los escritorios resacosos que parecen flotar sobre el mar de la oficina, como si fueran las esquirlas de un espejismo que se acaba de quebrar.
Según Mijaíl Bajtín, el carnaval es una suerte de segunda vida o segundo mundo de la cultura popular, un efímero universo que se construye en cierto modo como parodia grotesca de la vida ordinaria. Yo no sé si los organizadores de nuestros remedos funcionarios de carnaval han leído a Bajtín, pero es evidente que sí poseen grandes experticias en el ámbito de lo grotesco y, para demostrarlo, esos improvisados productores de eventos consideran que la fiesta no es fiesta si no tiene un show del tipo variedades, un número que, según ellos, sea del gusto de la gallada, y contratan los servicios del humorista más torpe de la plaza o, en su defecto, se iluminan de originalidad y arrojan sobre el escenario a un mago infame, que garantizadamente resultará ser un pobre y desgraciado espantapájaros que, de pura pena, hará reír a los esforzados trabajadores de la patria.
Los organizadores, por cierto, piensan que lo hacen regio y se dan palmaditas en el abdomen para felicitarse, aunque su canallesco mago sólo esté acumulando méritos para ser linchado por los empleados, quienes lo único que desean es que el infeliz desaparezca adentro de su chistera y que, más temprano que tarde, se abran las anchas puertas del bar y comience aquella segunda vida o aquel segundo mundo del que hablaba Bajtín. Aunque días más tarde la figura esperpéntica de ese Mandrake de a peso ingresa con honores al anecdotario institucional, me late que algo de su decadencia queda flameando en las oficinas, no sólo como emblema del mal gusto y la vulgaridad, sino sobre todo como una prueba del tedio infinito que, día tras día, resbala en gotas espesas por los más escondidos y ociosos escritorios.
(Las Últimas Noticias, 27 de diciembre de 2004)

Doctor Whittaker, para servirle

diciembre 27, 2012 § Deja un comentario

-Usted es un caso raro de la medicina chilena.
-Una vez vinieron del programa “El mirador” a entrevistarme, porque decían que yo era el único médico particular que estaba haciendo obras sociales en ese momento. Uno se sorprende con eso. Yo les pregunté: “¿Cómo voy a ser el único?”. Y ellos me respondieron: “Sí, usted es un caso muy especial”. “Bueno, si ustedes lo dicen”, les contesté. Después vino la señora Eli de Caso: otra entrevista. Y así ha seguido la cosa, con publicaciones en revistas que van desde “Punto Final” hasta “Elle”. A todo el mundo le parece muy raro lo que yo hago.Image
El doctor Diego Whittaker, de origen talquino, se toma con toda naturalidad lo que para el resto del mundo es una excepción: cuando terminó sus estudios de medicina en la Universidad de Chile, se propuso atender gratuitamente a quince personas por día y ha cumplido su promesa con excedentes durante más de cuarenta años. Él considera que su vida y su trabajo son una misma cosa. Por esa vocación de servicio y por su labor en el sector sur de Santiago, muchos lo llaman “el doctor de los pobres” e incluso fue postulado al Premio Nobel de la Paz en 1996. Vive en un cuartito, donde sólo hay una cama y un velador, detrás del centro médico El Buen Samaritano, lugar donde trabaja junto a un grupo de colaboradores en la comuna de La Cisterna.
Desde su época de estudiante, el trabajo social fue siempre prioritario en la vida de Whittaker. Participaba activamente en cuanta asamblea política hubiera, porque estaba “convencido de que allí se estaban resolviendo los destinos del país”. Para ello, debía estar preparado intelectualmente y, además, no descuidar los estudios de medicina. “Vivíamos en una vorágine”, recuerda. “Se suponía que debíamos ser súper estudiantes al mismo tiempo. Teníamos que ser los mejores estudiantes por defecto, y no estudiantes hippies. No, de ninguna manera. Había que ser un ejemplo, y no sólo en la universidad, sino en todos los aspectos. Fíjese que una vez se expulsó a un secretario de organización del Partido Comunista por tener doble señora. Hoy se quedarían sin militantes! Nosotros éramos místicos, sin dobleces”.
-¿Y qué fue de sus compañeros místicos?
-La mayoría está entre los médicos muertos o desaparecidos. Claro que también hay gente de izquierda, incluso más de izquierda que ellos, que fueron asimilados por la nueva democracia. El panorama de la izquierda de entonces era mucho más complejo de lo que parece hoy. Piense usted en el MIR: ahora parece un movimiento creado por tres jóvenes idealistas, talentosos, etcétera, pero en realidad lo crearon 35 grupos diferentes. Dentro de la izquierda había muchas izquierdas, todas peleadas entre sí en una lucha terrible.
-Más tarde usted trabajó con gente de iglesias. Siendo un hombre de izquierda, ¿cómo fueron esas relaciones?
-De máximo respeto. Nadie puede decir que soy un comecuras o un come- evangélicos, pero al mismo tiempo nadie jamás me ha visto en un mitin cristiano: con eso le digo todo. Sin embargo, junto a dos monjitas de Caritas y cuatro pastores evangélicos creamos un centro médico y de ayuda social, a comienzos del gobierno militar. En ese tiempo era brava la cosa, y nuestro trabajo era sospechoso para las autoridades. Nos citaron del Ministerio del Interior. Imagínese: llegamos a tener 24 comedores, que abríamos apenas se terminaba el toque de queda para dar desayunos, y los clausuraron porque los consideraban ollas comunes.
-¿Estaban muy vigilados?
-Por todos lados. Hasta el que vendía los diarios al frente de la consulta era sapo. Me acuerdo de que una señora, que se había hecho conocida por ser torturada en el Regimiento Tacna, una vez me llamó en la calle y me presentó a unos coroneles. A mí me recorrió un frío por todos lados. La juventud ahora no se da cuenta, pero en ese momento uno siempre estaba a punto de meter las gambas arriesgando incluso la vida.
-¿Hasta cuándo trabajaron en esas condiciones?
-Hasta el año 80, cuando me fui de Chile. El hostigamiento ya era imposible de llevar. Nos clausuraron los comedores, nos allanaron la consulta, nos pusieron unas multas por boletas, nos aplicaron la ley de arraigo, en fin: no quedaba otra que partir. Me fui con la ayuda de un obispo, sin rumbo determinado. Me podía haber ido a Mozambique, a Angola, incluso me ofrecieron irme a Alemania, pero yo no entiendo nada de alemán y en aprenderlo me hubiera pasado no sé cuánto tiempo. Terminé en Centroamérica, absolutamente solo.
-¿Y cómo se las arregló?
-Soy médico, y eso vale más que una propiedad. Me acerqué a Caritas y a la Cruz Roja, donde soy miembro benemérito. Me tocaba trabajar en los campos, a caballo. Había que hacer de todo. En la selva yo tenía que probar que era buen médico, demostrar de qué me había servido ser un súper estudiante. Una vez me tocó atender un parto indígena que se había complicado. La señora estaba hincada sobre un plástico, y yo me tuve que poner en el suelo también, a cuatro patas, porque ella no podía ponerse en posición ginecológica.
-Por su cultura.
-Claro, por su cultura, y ahí estaba yo haciendo maniobras debajo de las nalgas de la señora. Si me hubieran visto mis compañeros, ja, ja, ja. Pero yo tenía que respetar la cultura de ella. Pasaban cosas divertidas allá.
-¿Como qué?
-Tuve que hacerlas de dentista. Hasta el momento, los dentistas que había allá procedían de una manera muy curiosa. El dentista tomaba un palo así tan largo, lo afilaba con un machetito y lo ponía en la muela mala. Entonces el ayudante venía con una maza y, paf!, adiós muela. Por lo tanto, la gente agradecía nuestra anestesia.
-Lo deben de haber tratado como rey.
-Con eso pasaba otra cosa curiosa. Me recibían muy bien, con mucha comida y agasajos, yo pensaba que para agradecer la atención médica, pero después supe que allá se creía en unos “espíritus de la montaña” y yo, por supuesto, era un espíritu de la montaña. Una vez me saqué el sombrero y, como allá no hay un solo pelado, un niñito se quedó mirándome un buen rato, hasta que dijo: “¡Es pelado!”.
-Allá seguramente aprendió algo de medicina popular.
-Por supuesto, y la aplicaba. Había un tipo de lianas, el bejuco de la vida, que se cortaba y salía chorreando un líquido rojo, el agua de la vida. No sé si el líquido ese tiene alguna propiedad curativa, pero el caso es que la gente se sanaba, por sugestión, quién sabe. ¿Cómo no usarlo entonces? También había unas hojas, parecidas al matico, que se usaban como cicatrizante. Los recursos eran tan escasos que había que sumar y buscar soluciones alternativas. A las parteras, por ejemplo, yo les hacía unos cursillos para que siguieran haciendo los partos según sus costumbres, pero aplicando algunas normas de higiene, para evitar infecciones.
-Cursos de capacitación.
-Sí, porque así debe ser. Uno no podía llegar a imponer una medicina que a ellos les resultaba extraña. Por ejemplo, cuando les dolía la cabeza, se ponían un sapo en cada sien.
-¡Sapos!
-Sí, sapos heladitos. Entonces, para igualar las cosas, yo les contaba que, en mi país, la gente se ponía papas. “¿Papas?”, me decían. Les parecía absurdo eso de las papas.
*
Whittaker se quedó en la selva centroamericana durante once años, hasta que decidió volver a Chile, en 1991. Al principio, arrendó sólo una pieza, que dividió con una cortina para poner una consulta delante y la cama detrás. “Yo estaba completamente adaptado a dormir en cualquier parte, debajo de un árbol, en una hamaca. Uno se acostumbra a lo duro y no ve lo blando como algo necesario”, explica. Para inaugurar el nuevo centro médico, junto a su hermana fue un domingo a repartir volantes en las ferias libres. “Al otro día ya teníamos lleno de pacientes y cuatro solicitudes para visitas a domicilio. Se corrió la voz de que yo había vuelto y vinieron de todas partes”, recuerda.
-Se acordaban de usted a pesar de los años.
-Claro. Ése era un tremendo capital. Fíjese que ayer vino una señora que hacía más de cuarenta años había venido a verme con su hijo. Hace más de cuarenta años! Entonces, como le decía, fue relativamente sencillo instalarse. Además, nosotros les regalamos los remedios, les cobramos barato, les hacemos los exámenes al costo.
-¿Por qué hacer eso en estos días?
-Es un modo de vida. No es ni mejor ni peor que otros. Si en tiempos de Pinochet uno hablaba con personas de izquierda y les decía que regalaba remedios, lo escupían a uno en la cara por disimular el déficit de salud. Una vez regalamos a los niños veinte mil juguetes, más unas cantidades de confites. Eso está muy mal visto entre la gente de izquierda. Paternalismo, le dicen. Y si a usted le dicen paternalista viene a ser como que le dijeran pedófilo. Pero yo pensaba que, cuando llegara la revolución, los viejitos y los niños iban a estar muertos. Entonces, para mí era fundamental no sentarme a esperar que las cosas llegaran, sino que yo debía actuar.
-¿Piensa que perdió mucho por seguir ese modo de vida?
-Ser consecuente siempre va a ser un problema. Yo nunca fui un tipo tibio, sino que me entregaba por completo a mis ideas. ¿Pero qué voy a hacer: lamentarme? Se perdieron generaciones completas. Todo se destruyó. Estábamos profundamente equivocados. A veces siento repudio por todo ese tiempo perdido en la juventud.
-¿Acaso no siente orgullo por haber hecho lo que hizo?
-En cierto sentido, sí. Y ése es el problema: no puedo arrepentirme de nada, porque servir a nuestro semejante siempre es algo bueno. Por ejemplo, los comedores que teníamos. En todo caso, yo no estoy propiciando que éste sea el modo de vida para los médicos. No, de ninguna manera. Necesitamos profesores de medicina, especialistas, súper especialistas, etcétera. De mí no va a salir un cirujano famoso ni tampoco voy a realizar un trasplante. Lo que yo hago es seguir mi modo de vida, nada más.

***

“Somos como un paño de lágrimas”

Diego Whittaker no está de acuerdo con los médicos que han criticado el plan Auge. Para él, un sistema que garantiza la atención de cuarenta o cincuenta enfermedades es preferible a uno que no garantiza nada. “Por supuesto, mi posición es impopular con respecto a la de los otros médicos, que tienen que gritar a coro: ‘No! Esto está muy malo’. Bueno, que sigan diciéndolo, que para eso estamos en un país libre y ellos pueden hablar lo que se les antoje”, dice. Y agrega:
-A mí me parece que el plan Auge es un gran paso, que después debe mejorarse hasta abarcar incluso las enfermedades más raras, como la enfermedad de Gaucher, que los médicos quieren poner ahora en el Auge, aun cuando quienes sufren esa enfermedad son sólo unos poquísimos desdichados. En mi vida, hace como cuarenta años vi un enfermo de Gaucher. En cambio, los enfermos de sida o de cáncer son miles.
Uno de los problemas que más le preocupa a Whittaker es la mala atención que reciben los pobres, tanto en el trato personal como en la responsabilización de los pacientes acerca de sus enfermedades. “Hay dos soluciones”, explica. “La primera, que es la que va a proponer Joaquín Lavín, es pasar la atención pública a manos de particulares, es decir, potenciar la oferta para que la demanda elimine el mal carácter, la ignorancia o el trato grosero de parte de los médicos. La segunda solución es el sistema que tiene Inglaterra desde la década del sesenta, y consiste en que el paciente escoge al médico con el cual desea atenderse, mediante unos vales con nombre y apellido. Ése es el socialismo de los reyes de Inglaterra: el premio al buen trato”.
-En Chile habría varios que no recibirían ese premio.
-Uf, nosotros somos como paño de lágrimas. Nos toca ver mucha gente que llega quejándose de las groserías más grandes que le han hecho los médicos. Por ejemplo, una señora a la que le dijeron: “Oye, vieja, ¿y cómo te lo puso anoche tu marido?”. Eso es lo más vulgar que puede haber. La gente tiene derecho a ser bien atendida y a no recibir rebuznadas. Además, si uno atiende bien a las personas, sale ganando desde el punto de vista práctico, porque el paciente vuelve a venir.

 

(Las Últimas Noticias, 10 de octubre de 2004)